La derecha se cierne sobre Francia

24 Abr 2017 Redacción Vanguardia

La primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas, han confirmado lo que se viene observando desde hace algunos años en Europa y el mundo, el giro hacia la extrema derecha.

Por Héctor Murcia

Fotografía: Referencia

Ya lo dijo en su momento el actual primer ministro francés Manuel Valls, después de la victoria de Donald Trump: existe … un avance de la extrema derecha, así como de la desintegración de Europa.”

Desde el triunfo del Brexit ahora comandado por la primera ministra Theresa May, hasta la eminente victoria de Marine Le Pen en Francia, el panorama de la política de los países desarrollados de Europa no es otro que el del conservadurismo.

Pero ¿por qué se ha dado este giro de timón?
Mucho tiene que ver el manejo que se ha dado al tema de los refugiados sirios, ya que para muchos ciudadanos el abrir las fronteras es sinónimo de invasión, de poner en peligro la cultura nativa, coartando sus derechos y su forma de vivir.

Esto lo saben muy bien los partidos de extrema derecha del continente convirtiéndolo en su grito de batalla y logrando calar en la mente de los electores.

Y es que para un ciudadano promedio de cualquier país de la Unión Europea, parece injusto que de sus impuestos se tengan que destinar miles de millones a dar casa y otros beneficios a quienes llegan huyendo de una guerra que no es suya.

“Pese a su fama de insolidaria, Alemania es el país de la UE que más solicitudes de asilo recibe y el que más ayudas proporciona para la integración de los refugiados. El Gobierno de Ángela Merkel espera recibir este año más de 800.000 solicitudes”, apunta el diario El País en una publicación de 2015.

En la misma nota se destaca que “durante un  segundo periodo y hasta que se independizan del Estado germano, pasan a estar bajo protección de otra ley, la conocida como Hartz IV, y reciben mensualmente entre 287 y 359 euros por persona dependiendo de la situación de cada uno, además de 84 euros mensuales por hijo y el coste del alojamiento, medicinas y otros bienes de primera necesidad, incluida la calefacción, hasta que empiecen a trabajar y valerse por sus propios medios.”

“Estos gastos, sumados a los costes extraordinarios de personal para los trámites burocráticos, los programas activos de búsqueda de empleo y los costes de la seguridad de los albergues, debido a que aumentaron los ataques violentos, sumaron una cantidad hasta diciembre de ese año de 10.000 millones de euros, casi medio rescate a Grecia”, subraya este medio.

La manera con la que Europa ha manejado esta crisis parece que es con el afán de seguir recibiendo miles de refugiados que arriesgan sus vidas en el mar y no la de poner un alto a la guerra en aquel país.

No cabe duda que estas políticas han hecho mella en la izquierda europea, dejando vía libre para que la extrema derecha gane terreno.

Por su parte, El Períodico, recoge en una nota del año pasado: “Todos los dirigentes, líderes políticos, partidos y movimientos ciudadanos de la derecha más agresiva han articulado un doble discurso que carga contra la supuesta invasión étnica y religiosa de los refugiados y contra el stablishment de Bruselas. Eso hace que en la mayoría de casos esas organizaciones sean etiquetadas tanto de islamófobas como de euroescépticas. <<Se ha roto el mito de los años 30, el auge de la ultraderecha no se debe a una mayor inmigración y a un mayor impacto de la crisis económica>>, resalta Xavier Casals, doctor en Historia Contemporánea y especialista de la ultraderecha.”

Mientras Alemania y Austria abrían sus puertas a las decenas de miles de personas, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán “desobedecía” las directrices  de Angela Merkel y construyó una valla en su frontera sur. Debido a esto fue duramente criticado por la élite política europea pero su discurso ultranacionalista y conservador ha tenido su efecto en los Balcanes. Eslovenia, Croacia, Serbia, Macedonia y la Republica Checa se unieron en su esfuerzo por limitar la llegada de refugiados, puntualiza el mismo medio.

Según El Periódico, el efecto dominó de la ultraderecha europea es evidente, ganando cada día más terreno: “Austria ha dado un giro radical a su visión hasta limitar la entrada de solicitantes de asilo y anunciar el levantamiento de una valla en la frontera. Alemania ha sufrido un desplazamiento más gradual. La voluntad de Angela Merkel de liderar una respuesta comunitaria solidaria ha topado con una fuerte oposición externa en Bruselas e interna dentro de sus filas. El auge de la ultraderecha alemana, AfD, amenaza ahora a la canciller con robarle el voto de la derecha más recalcitrante”.

Por su parte los países escandinavos han puesto en duda su reputación de progresistas al aplicar controvertidas medidas como requisar bienes de los refugiados para costear su estadía, dificultar la reagrupación familiar o levantar vallas.
En Suecia como en Dinamarca esos gestos se entienden como una pequeña victoria de la ultraderecha, que ha sacado rédito político de la incertidumbre para convertirse en una fuerza indispensable. Al oeste, incluso Francia, cuna de los derechos humanos, ve como el populismo de Marine Le Pen puede llegar dentro de poco a la presidencia.

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