Tenemos los políticos que merecemos

08 Sep 2016 Redacción Vanguardia

Por Irving E. Flores

Las redes sociales han transformado la forma de comunicarnos en la sociedad, para bien o para mal, ahora tenemos la ilusión de ser libres para expresarnos en nuestros muros, en caracteres o a través de imágenes. La instantaneidad nunca fue tan importante por encima de la calidad y ahora cualquiera puede ser periodista, experto, sabio e iluminado.

Este fenómeno no pasa desapercibido en el ámbito y les brinda a nuestros representantes la oportunidad de estar más cerca de sus votantes compartiendo sus reflexiones, opiniones y demostrando cómo trabajan para hacer de este un mejor país.

O al menos eso es lo que ellos desean.

Si somos honestos, las redes contribuyen a llevar la desgastada farsa de rivalidad entre las dos principales fuerzas políticas del país y la de equilibrio (o discordia) de esas terceras o cuartas, cuyo rol al final es de servilismo.

El “encuentro” entre Ana Vilma de Escobar y Marcos Rodríguez ha sido uno de los más mediáticos debido al desarrollo de los hechos que llevaron hasta un juicio. Otro fue protagonizado por el diputado David Reyes a partir de un tweet donde la presidenta del primer órgano del estado, Lorena Peña, anunciaba el uso de un vehículo del estado por parte de la hermana de Reyes.

El reciente caso del ex presidente Mauricio Funes y su asilo en Nicaragua se convierte en el mejor ejemplo para exponer como, a partir de las redes, el país está polarizado. Un fenómeno que favorece a un sector  político y económico para poder mantenerse donde se encuentra.

En resumen, es un interés de un sector por hacer quedar mal al rival. Lo curioso es que el factor más común utilizado es el de corrupción o, en su forma más diplomática, sospecha de mal uso de fondos públicos. Las nuevas plataformas han permitido no solo evidenciar una práctica común entre quienes ostentan poder sino también la oportunidad de la audiencia, digamos “nosotros”, para poder opinar, juzgar, condenar y exigir.

Basta con una vuelta por los comentarios en las noticias para un reflejo de nuestro más profundo deseo por una patria justa e indignación ante esos personajes que han defraudado nuestra confianza. A los salvadoreños nos importa la transparencia y la equidad, nos preocupa cómo gastan nuestros impuestos; ni hablar de la importancia que toma la honestidad como valor en todo lo que hacemos.

Al menos eso pretendemos en nuestros comentarios o en los memes que compartimos; comenzamos a utilizar títulos para definirlos, nos indignamos, insultamos y hasta nos avergonzamos.

Dudo que exista un político en nuestro país al cual no se le pueda encontrar algún delito. Incluso, nuestra propia creencia es la de afirmar quien todo aquel que entra en este ámbito lo hace, la final, para beneficio propio.

Sin embargo, con cada nueva votación acudimos a las urnas como borregos a colocar en sus puestos a esos que en este momento hemos tachado de ratas, corruptos, ineficaces y holgazanes. Somos nosotros la base que ostenta su poder y define su marcha.

Es decir, nuestros políticos son al final reflejo de nosotros mismos.

¿Cómo podemos exigir transparencia cuando nosotros mismos querremos ocultar nuestros propios ingresos con el fin de evadir renta? ¿Podemos escribir sobre que son unos mantenidos cuando por machismo evitamos que la mujer trabaje y se dedique al hogar, a cambio de guardar silencio y aguantar nuestras acciones de hombre?

Pensemos un momento sobre la educación que se imparte en los hogares; esos conceptos tan nutritivos de: “si te pega, dale”, “si te dejas es porque eres tonto”, “el hombre debe tener muchas mujeres pero la mujer solo un nombre”, “si no eres vivo te va mal en la vida”, entre otras frases que he escuchado.

Buscamos colarnos en la filas porque nuestro tiempo es más importante que del otro, manejamos siempre a la ofensiva porque somos dueños de la calle, juzgamos a una mujer que amamanta en la calle mientras rendimos culto a quienes muestran sus atributos en espacios públicos.

Hacemos un idolatría, a veces secreta y otras no, ante cualquier acción que implique ventaja por sobre el otro. “El mundo es de lo vivos”, he escuchado repetir a los creyentes.

Nuestros políticos, en todos los niveles de poder, terminan por ser un producto más de lo que somos todos; si son corruptos, si los comparamos con animales o si utilizamos insultos para describir su accionar; la respuesta es simple, nos lo merecemos.

Más allá del acto del sufragio, nos los merecemos porque somos una sociedad torcida y podrida. Resistente al diálogo, a las opiniones diversas y al consenso. Somos, como me comentaba alguien un día de estos, unos retrógrados.

Pero no me hagan caso, quizá escribo desde un cómodo lugar sin tener idea de lo que sucede afuera y todo sea justo lo opuesto a lo que he descrito. De ser así, no duden en contradecirme.

Mientras tanto, sigamos con la indignación alienada y la política de casetera. Tendremos pronto elecciones y entonces todos los problemas tendrán solución.

Comentarios

Todos los campos son requeridos.

47 Av. Norte #226, Col. Flor Blanca, San Salvador.
Contáctanos: This email address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it.